COMO ENCONTRAR UNA

PERLA

 

Versión Sonora en MP3 Había una vez dos intrépidas buscadoras de ostras con perlas en una isla griega.  Atenea y Minerva.

Atenea tenia mucho éxito como buscadora de perlas, de hecho, ¡le fascinaba y disfrutaba cada mañana al salir a bucear en busca de nuevas ostras con perla!

Era una mujer incansable y su secreto era que ponía mucho entusiasmo y cariño en esta labor como en otras más que hacía con tanto agrado.

Minerva por el contrario, andaba siempre quejándose de todo y de todos, así le iba, o sea, ¡¡fatal!!

Un día, Atenea, que apreciaba a Minerva, se ofreció a bucear con ella para ver si podía orientarla sobre como podía conseguir más ostras con perla, a lo que Minerva accedió, no sin cierto recelo…, pues nada le parecía bien, y menos reconocer que podría necesitar ayuda; bueno, la chica era así.

Atenea le explico a Minerva como hacía ella para buscar ostras con perla, con que actitud y de que forma, la cuestión es que Minerva escucho lo que quiso de la explicación de su amiga, pero sin darle importancia al “discursito”, así que ambas se zambulleron en las cristalinas aguas del mar.

Minerva pensaba que ese día sería su día de suerte, que hoy encontraría la mayor perla jamás vista en la isla, capaz de dejar boquiabiertos de envidia al resto de habitantes de la isla donde vivían.

Minerva buceó ya desde la primera inmersión, con la idea de encontrar y sacar la ostra más grande, la que seguramente tendría dentro una perla de tamaño parecido, y así despreció varias ostras hasta que se fijó en una ostra con muy buena apariencia.

Inmediatamente se le abrieron los ojos como platos, se encandiló y se dijo a si misma:

¡¡¡Seguro que esta es la que estoy buscando!!! Y sin pensárselo dos veces la agarró y salió corriendo del agua. Iba eufórica, se diría que ciega de entusiasmo e imaginándose el tamaño de la “perla capturada”,  y la llevó con mucho cariño entre sus manos hasta la playa sin atreverse, donde la depositó acunándola pero sin atreverse a abrirla con su cuchillo.

Atenea mientras se mantenía entrando y saliendo del agua en busca de nuevas ostras, y se extrañó al ver a su amiga salir tan deprisa.

Al cabo de un rato, cuando Atenea decidió descansar y salir a la playa, y tras comprobar el contenido de sus capturas, se volvió a donde estaba Minerva y al verla postrada ante una sola ostra, le preguntó extrañada:

¿Por qué te has salido tan pronto?, has desperdiciado mucha energía para coger tan solo una ostra, le dijo mientras se volvía al mar para zambullirse en el agua.

¡¡¡¡Sé lo que hago!!!! Casi le gritó Minerva, con una buena carga de desdén, mientras permanecía arrodillada junto a su ostra en la playa.

¡Tengo un presentimiento sobre esta ostra!, se decía. ¡¡Tiene algo especial!!

Atenea siguió entrando y saliendo del agua trayendo un buen número de ostras cada vez, parecía no cansarse y tenía una energía y un ánimo envidiable.

Minerva seguía ensimismada en su gran ostra, adorándola mientras seguía pensando en si debería abrirla, pero sin mucha convicción, pues en el fondo tenía dudas sobre si tan gran y aparente ostra tendría o no en su interior el premio deseado, una perla tan valiosa como ella se imaginaba que se merecía.

Estuvo mucho tiempo entretenida, porque ella seguía pensando que si la trataba con mucho mimo y colmándola de atenciones, la perla seria mucho mas grande.

A media jornada Atenea salió para descansar un rato, en ese momento animó a Minerva para que terminara de abrir su “magnífica ostra”, no fuera que estuviera perdiendo su tiempo.

Tras su insistencia, Minerva por fin accedió a descubrir el contenido de su “ostra maravillosa".

¡Dios mío!, ¡qué chasco! ¡No tenía perla! Minerva la cerró con gran cuidado, la sostuvo entre sus manos y siguió sentada sin moverse, balanceándose con los ojos cerrados.

Minerva, ¿Qué estas haciendo ahora?, preguntó al verla Atenea.

¡¡Creo en esta ostra!!, respondió ella muy digna, sin mirar a otra cosa que fuera su “magnífica ostra”. Y añadió:

Si la cuido y la mantengo caliente, quizás acabe haciendo una perla por gratitud a mi dedicación.

Negando con la cabeza Atenea se marchó, ya había descansado y repuesto fuerzas y quería seguir hasta la puesta del sol.

Mientras Minerva cuidaba de su “ostra especial”, Atenea siguió buceando y recogiendo ostras.

Hasta cien piezas consiguió sacar del agua Atenea esa jornada en muchas inmersiones. En cada una sacaba unas cuantas en su cesta de red, la llevaba a la playa y donde las abría con mucho cuidado para no dañarlas, cada ostra que no tenia perla la colocaba en su cesta para luego devolverla al mar en su siguiente inmersión, colocándolas en el fondo con cuidado de no perjudicarlas, pues pensaba que quizá no estaban maduras, pero que haciendo esto con cuidado en el futuro, alguna podría llegar a desarrollar su propia perla y entonces podría servirle a ella o a otra buscadora de ostras.

Cuando el sol se ocultó Atenea se reunió con su amiga Minerva

que seguía cuidando su “ostra vacía”. Minerva fijándose en el producto de la jornada de Atenea le preguntó con arrogancia y retintín. ¿Qué guapa, parece que has tenido suerte?

Si, respondió Atenea, no sin cierta pena por su pobre amiga Minerva. He descartado noventa y cinco ostras que aún estaban vacías, sin perla, pero he encontrado cinco que si tenían  una preciosa perla cada una. Creo que esta noche voy a celebrarlo, ¡¡¡ te invito!!!.

Minerva con gesto contrariado y con un mohín altivo apostilló.

¡¡Claro !!, ¡¡¡Tú siempre tienes tanta suerte!!!

Con esta historia solo quiere decirnos, que todo el tiempo que le dedicamos a una “ostra  vacía”, que sólo aparenta una gran posibilidad de tener un magnífico interior perlado, es tiempo que le estamos restando a la oportunidad de encontrar ostras que verdaderamente sí tienen un precioso corazón de nácar.

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